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Diario de a bordo

EL BLOG DE CENTRO LUCENTUM

Un equipo inigualable.

21/4/2026

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​Lo que nos enseñó el Campamento de Pascua.

Hay cosas que solo ocurren cuando se comparte tiempo con las personas. No ocurren en una pantalla, ni en el móvil, a veces ni siquiera en el aula. Ocurren en un parque, en una charla de amigos, en ese momento en el que alguien tiene un mal rato y tú tienes que compartir juego, mesa y lugar.
Hay experiencias que no se explican por lo que “se hace” en ellas, sino por lo que va pasando entre las personas mientras suceden.
Este Campamento de Pascua ha sido una de esas experiencias: cuatro días en los que un grupo de chavales con historias, ritmos, formas de estar en el mundo y maneras de relacionarse muy distintas, ha compartido algo mucho más profundo que actividades: han compartido convivencia real.
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​Un diseño con intención.

Cuando diseñamos estos campamentos hay una idea muy clara: no pensamos en encadenar actividades para entretener a los chicos y chicas. Todo tiene una lógica muy concreta y todo lo que se hace sigue un hilo.
Este año cada día giró en torno a un valor: valentía, perseverancia, resiliencia y humildad.
Palabras que pueden parecer muy grandes para nuestros chavales, pero que dejan de serlo cuando se encarnan en situaciones reales (juegos que se complican, momentos de frustración, esfuerzos para pedir ayuda). En ese momento dejan de ser conceptos y se convierten en experiencia.
Todo empieza en la asamblea, donde se para, se mira y se les da nombre a las cosas. Claudia lo describió con una claridad que pocas veces se ve en adultos.
"Las asambleas son momentos que me hacen conectar conmigo y recordar que yo también tengo aún que aprender mucho."
​*(Los nombres que aparecen en este artículo son ficticios. Las palabras, en cambio, son completamente reales).
Esa capacidad de reconocer que aún está aprendiendo, sin vergüenza y sin soberbia, es exactamente lo que llamamos humildad. Y no se enseñó: apareció.
Otra reflexión escrita por Roberto, un chaval de menos de 15 años:
"He sentido que he conectado un poco con ese niño interior que llevo dentro gracias a las actividades y juegos, como a no rendirte pese a que te sientas muy fatigado, o a ser valiente, tener coraje frente a las cosas que me producen miedo, o hacia las cosas que no me gustan o tengo dificultades para realizar."
​​Hay una madurez enorme en esas líneas. Porque quien habla, no lo hace solo de superar una prueba. Habla de algo más interno y más difícil: reconocer lo que le cuesta, nombrarlo, y seguir adelante igualmente. Cuando necesitemos un ejemplo de resiliencia, podemos acudir a esto.

​Lo que ocurre cuando la convivencia es el verdadero escenario.

Uno de los elementos más importantes del campamento y también de los más difícíciles de explicar, es su composición. El grupo no es homogéneo. Nunca lo ha sido, y nunca lo va a ser. Y eso es una decisión.
Cuando personas con formas muy distintas de estar en el mundo comparten espacio durante días, pasan cosas que no ocurren en ningún otro contexto. Aparecen roces y tensiones, claro. Pero también aparece algo mucho más valioso: la constatación de que cada persona tiene algo que aportar, y que las diferencias no son obstáculos sino un tesoro.
Carmen lo resumió en una frase sencilla y contundente, que no dijo como algo que tuvo que superar, lo dijo como algo que disfrutó.
"He conocido nuevas personas; me ha gustado que haya tanta variedad de personas."
​Y también aparecen momentos que no siempre tienen espacio en otros contextos. Marta lo dijo sin rodeos:
"Mi parte favorita fue cuando jugamos a juegos de mesa y la salida al parque, porque hacía años que no jugaba así."
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​Detrás de esa frase hay mucho. Hay una chica que encontró un espacio que le permitió algo que no sucede en su entorno cotidiano. Porque la infancia necesita juego igual que necesita agua.

​Para las familias: lo que llega a casa sin que nadie lo anuncie.

Los aprendizajes de estos días no se han quedado en el Centro. Han viajado y se han colado en las casas y las familias de los muchachos. No siempre se ve de forma rápida, pero, ahí están. Félix lo escribió con la honestidad de los que aún no han aprendido a disimular: 
“Estas cosas son muy buenas para mejorar cosas que se nos dan mal, como cuando nos enfadamos con nuestros padres porque ha pasado algo que la mayoría no nos gusta, pero aun así hay que pedir perdón y luego reconocerlo."
​Ahora es el turno de acompañar este aprendizaje en casa. Y no hace falta mucho, solo dar espacio para que siga moviéndose y sea reconocido. Y quizás eso también es algo que los chavales nos están enseñando a nosotros. Nos lo recuerda Claudia con una generosidad que emociona: 
"La gente me ha ayudado mucho y también he podido ayudar yo."

Un equipo inigualable.

El último día los chavales eligieron un nombre para despedirse. Nadie se lo propuso. Fue de ellos. EQUIPO INIGUALABLE.
En dos palabras lo dijeron todo. Dijeron que se reconocieron como grupo. Que encontraron valor en lo que compartieron. Que la experiencia les dejó huella.
Quizá lo más importante de estos días no sea lo que ha ocurrido dentro de cada persona, sino lo que ha ocurrido entre todas ellas.
Porque convivir no es coincidir.
Es aprender a sostener la diferencia sin dejar de estar juntos.
Y en ese aprendizaje, el grupo siempre enseña algo que no se olvida fácilmente.
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